YO SUEÑO UNA UTOPÍA
Sí,
es verdad,
soy cómplice, auator y amigo íntimo de los sueños.
Si pudiera volar,
si volara,
si volara,
si pudiera volar algún día como cuando me quedo dormido
y la voz de la noche despabila mi alma,
acurrucaría mi cuerpo sobre una nube de quimeras repletas de caricias impalpables,
que provocarían el estremecimiento desnudo de todo cuanto soy;
flotría bajo un cielo azul e ilusionado,
mis brazos, serían bruma al amanecer,
alas grandiosamente batidas sobre los cielos de la utopía,
mi corazón en ese instante bombearía el doble de mi sangre,
porque para planera sobre los cielos de la utopía, hace falta sangre, mucha sangre,
corazón, mucho corazón.
Si pudiera volar,
si volara,
si volara,
si pudiera volar algún día como cuando me quedo dormido
y la voz de la noche despabila mi alma,
no habría entonces un insignificante bostezo de cansancio
en la memoria de los hombres,
al contrario,
una gota persistente de vitalidad
resbalaría sobre la piel que los años se encargan de curtir.
Una piel curtida es el signo de que los años tejen la belleza a su manera,
y
que la disciplina natural,
contempla sin evasivas el deterioro de nuestros cuerpos,
es sólo cuestión de tiempo.
Si puediera volar,
si volara,
si volara,
si pudiera volar cerrando los ojos despierto
e imaginar que ya no hay sombras
ni sospechas
ni esquinas
ni callejones que se ocultan en la madrugada,
y que la noche entrega sus armas,
podría a lo mejor transformarme como una larva en mariposa,
y en la inmediatez de la metamorfosis
asistir a una clase acelerada de mi propia historia,
y comprender de una vez por todas
que las utopías se incendian aceleradamente.
Si pudiera volar,
si volara,
si volara,
si pudiera volar algún día como cuando me quedo dormido
y la voz de la noche despabila mi alma,
desterraría todos mis sueños a una canción de cuna,
donde cada nota sería una lágrima herida.
Es una necesidad,
como cuando me quedo dormido
y la voz de la noche,
trémula e ingenua
desaparece sin dejar rastro.
II
Algunas palabras echaron a volar hacía ninguna parte,
perdidas en la inmensidad de un gran agujero negro.
Un puñado de hojas muertas se desplazó unos metros,
formando en aquel instante círculos de temos
que acosaron y derribaron su alma.
Era un ser despreciable,
siempre bajo el cáncer de la derrota,
tragando su propia saliva,
ahogado en su propio vómito.
No debes hincar tus rodillas contra el suelo,
ni postrarte ante una figura de barro que se deshace entre tus dedos,
porque eres tú mismo el ídolo vencido
que se refugia en la mentira.
No eres quien dices ser,
ni el viento te acaricia con la suavidad que deseas,
se desliza sobre tu faz con furia y compulsión,
para cerciorarse de que aún vives o sobrevives
entre los gusanos podridos
que se han zampado tus ideas.
Ya no posees recursos para salir corriendo y esconderte del mundo.
Desterrado en un cuerpo que se atrofia sin piedad,
no te quedan fuerzas para seguir luchando
contra seres invisibles que sólo tú ves,
y que pululan en la noche vociferando tras de ti,
acechándote en la ciudad que desgastas con tus zapatos sucios y rajados.
No,
aunque no lo creas, no has podido permanecer inmóvil e indiferente,
porque una brizna de ternura se ha colado por tu piel,
ha invadido de esperanza tu desesperanza enfermiza,
y en una mañana cualquiera te has despertado sin apenas darte cuenta,
no ha sido la casualidad ni tampoco la fortuna,
has recobrado la conciencia, tú penúltima oportunidad.
III (ÉL QUERÍA SER)
El hombre y su esencia son mucho más fuertes,
más nobles,
más bravos,
mucho más que una calavera hueca y sin nombre.
Él quería ser de otra estirpe,
sin valorar en absoluto que cada uno es lo que es, sin más razonamientos.
Jugó con fuego, se quemó;
ardió su vida, y a la vez, la vida de otros.
Casi todos los días soñaba que volaba alto,
muy alto,
tan alto, que su peso en el espacio era incorpóreo
y
un orgasmo onírico se apoderaba de su ser
mientras permanecía volando en el sueño.
Cuando despertaba,
la crueldad de las aceras se amontonaban en su retina,
su memoria y la memoria de las calles,
quebradizas, absolutas e irreemplazables
lo atosigaban brutalmente.
Él quería ser un loco bohemio,
un romántico extinguido,
una palabra exacta,
en un libro exacto,
en una vida exacta.
Fue demasiado.
La velocidad de la vida se consume con los excesos,
y una jauría de aves de rapiña,
está dispuesta sobre el cielo
para arrancarte hasta la hiel de tus entrañas
sin demoras ni remordimientos.
Él quería ser un punto en el universo,
trazar una línea recta para tocar el cielo con los dedos,
acariciar las nubes de algodón,
saltar,
abatirse para siempre sobre ellas.
Él quería,
ahora no quiere tantas cosas,
ni sueña tanto como antes.
IV
La memoria tiene tintes de grandeza,
colores mezclados de mil colores
que se inventan con el transcurrir de los años.
Permanecen en tus ojos con una mirada cansada,
como tu cuerpo, cansado,
como tu mente, cansada,
como tu alma, cansada,
todo tú, al únisono, completamente cansado,
porque estás cosido de restos y la aguja que ensartas
se ha ensañado con voracidad entre tus añoranzas.
Por eso,
ya no campas libremente entre ellos,
te has convertido en el vagabundo de de tu memoria,
aunque en el fondo no quieres,
lo noto en cada página que me lees cuando estamos a solas.
Vivir de los recuerdos es pagar un preciodemasiado alto,
una angustia vital,
un esfuerzo agotador que ataca con sufrimientos al presente
que te da la bienvenida.
La vida es un regalo llena de tiempos:
presentes,
pasados,
futuros,
futuros,
presentes,
pasados...
Entonces,
tendrías que preguntarte: ¿por qué te empeñas en robarle a cada tiempo su tiempo?
¿Es qué acaso aún permaneces sumido en el dolor de la traición?
Muchas veces no te entiendo, ni me entiendo yo tampoco,
porque tu y yo somos lo mismo:
una figura efímera y frágil que se esconde en una cueva de sombras.
V
La sangre de la herida vuelve a veces,
sobre todo, cuando permaneces en el mismo paréntesis de tu historia demasiado tiempo.
Es preciso que te reinventes,
respira con profundidad la suave brisa
que la experiencia de los años te ha otorgado,
y reposa,
aunque no comprendas muy bien por qué.
Sometes tus impulsos a los dictados de una conciencia renovada,
y
no vuelvas sobre el fango que cubrió tu suerte.
No desesperes sin en el camino aparece el miedo,
los fantasmas,
y aquellos seres invisibles que acompañaron tus pasos
cuando dejaste de existir por algunos años.
Es lógico.
Permanece quieto,
tranquilo,
y deja que las manos de los que te quieren curen las heridas.
Atiende al silencio,
sí al magnífico silencio que es como un antibiótico para tu alma cargada y lesionada.
No vuelvas el rostro cuando te mires en el espejo,
porque en el espejo podrás contemplar
las huellas del deteriro de tu vida sobre tus ojos,
y en ellos,
un pozo de agua cristalina inconfundible
que te devolverá a la realidad.
VI
Si volara,
si pudiera volar algún día como cuando me quedo dormido
y la voz de la noche despabila mi sueño,
no habría un hombre más feliz sobre la Tierra.
José Antonio Lato Nogales, (Del libro: "Existe otra voz dentro de mí", págs, 47-55)